Donde el cuerpo tensa la memoria. Un perfil de Margo Glantz

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Una niña de tez clara en el suelo lee con detenimiento El Rey Lear en una edición vieja de Shakespeare. Un hombre medio quijotesco, Jacobo Glantz, escribe: «Extrañas son para mí las montañas de nieve eterna / como son extrañas para mi niña las planicies de Ucrania», versos para Lilly, la mayor de sus hijas, que bien podrían ser dedicados también para la pequeña Margo, que ahora mira con atención una antología de poesía que comienza con Safo y termina con Leopardi. La rodean desperdigadas ediciones de Calderón, García Lorca y Lope. Ella quiere hacer eso que hace su padre en un idioma en el que realmente no entiende, una especie de lengua secreta que, junto a su madre Elizabeth, musita. Es el Yiddish que se superpone al español que va poco a poco entendiendo, junto con las tortillas y los frijoles que llegan a una de las casas que habitó: en Ámsterdam en la Condesa o en la Merced donde nació entre el bullicio de la calle Jesús María 44. Pasaran casi cincuenta años para que Margo conozca las estepas de las que habla su padre. «Siempre tuvimos problemas económicos. Mi padre nunca fue muy hábil para ganarse la vida; mi madre empezó a trabajar desde joven, pero siempre nos iba mal. Hasta que mi padre obtuvo un trabajo extraordinario, pero por otro lado muy terrible, colectar fondos en toda América Latina entre judíos para ayudar a los sobrevivientes del holocausto —también fue a China y a África—; con ese trabajo nos mudamos de casa, tuvimos muebles» entonces nos señala el sillón contiguo a donde ella está sentada: «este mueble, por ejemplo, mi madre los compró cuando tuvo dinero.» Y agrega «esta casa la tengo gracias a Luis Villoro, pues me presto dinero para comprarla.» Fría en invierno, la casa de Margo situada en el barrio de Coyoacán es habitada por múltiples cuadros que van cubriendo las paredes de su arquitectura colonial; cosas de origen judío, una trompeta de cuerno de carnero, un candelabro de nueve velas y otro de Jerusalén más antiguo.

A veces es posible ver entre los cactus del jardín de abajo y sobre las ramas de árboles llenos de flores rojas y azules a las ardillas que merodean hambrientas. Los tapetes que se distribuyen en el suelo, con excepción de la cocina donde aún puede olerse a veces el hervor del barro. Al subir las escaleras, un estudio cuya ventana da hacia Tres Cruces por donde la luz entra como un haz transversal. Y casi en la azotea su estudio-biblioteca donde trabaja cada mañana, un sillón para recostarse yace en medio de libreros atiborrados en segunda y tercera fila. En la sala donde hacemos la entrevista y tras las cámaras un retrato del perfil de Margo hecho por Horacio Torres García nos mira de reojo. «Yo tenía un profesor en la preparatoria, Don Erasmo Castellanos Quinto que daba literatura universal y enseñaba entre otras cosas La Ilíada y La Odisea; me llamaba Ifigenia, porque decía que yo tenía perfil griego. Eran más de cien alumnos en la clase y a él le gusto mi perfil. Era un viejito. Se ponía unas hombreras gigantescas, pues decía que Ajax tenía los hombros muy anchos, denotaban hombría. Daba unas clases maravillosas y se fijó en mí, pero a mí me daba horror tener ese perfil.» Margo estudió en la preparatoria No. 1 en San Ildefonso, en aquella misma estructura colonial cuya puerta tiraría un bazucazo en el 68. Tiempo después cuando entra a la Facultad de Filosofía y letras en Mascarones compartiría espacio con muchos de los personajes fundamentales de la cultura en México que ahí fueron sus profesores: Alfonso Reyes, Rodolfo Usigli, Samuel Ramos, Leopoldo Zea, Millares Carlo, Julio Torri, José Gaos, Agustín Yáñez; Eduardo Nicol, entre muchos otros. “Yo tuve maestros extraordinarios, pero a veces aburridísimos” De Yáñez recuerda haberse hecho su amiga y años después asistir a su toma de protesta como Gobernador de Jalisco. «Hice como 5 carreras al mismo tiempo, porque me fascinaba todo: letras hispánicas, letras inglesas, historia, historia del arte y teatro. De los mejores maestros fue Allan Lewis. Durante muchos años me dediqué a la crítica del teatro y su enseñanza, y él fue un maestro maravilloso que fue expulsado de Estados Unidos por el macartismo y luego en México lo acusaron de conspirar falsamente y le aplicaron el 33. Paco de la Maza fue un profesor de arte colonial mexicano. Nos llevaba a todo lo que podíamos alrededor de la Ciudad de México: Puebla, Tlaxcala, Morelos, los conventos del estado de Hidalgo, Actopan por ejemplo, Nos enseñaba lo que era el Barroco, el Siglo XVI. Tenía yo 17, hace 70 años, y me acuerdo todavía perfectamente de qué conventos tienen artesanados mudéjares, bóvedas góticas, torres medievales, las iglesias de los frailes franciscanos, dominicos. agustinos. Era impresionante. También con Justino Fernández, que fue amigo y en cierta manera discípulo de Gaos y O‘Gorman, cuyas clases sobre arte contemporáneo eran maravillosas; o las que me dio un profesor español que usaba un pseudónimo Don Juan de la Encina-, Daba clases del renacimiento europeo y sobre todo italiano. Cuando fui Europa iba yo al Louvre diario, pues tomé cursos de historia del arte y veía los cuadros que me había enseñado en diapositivas Don Juan.»

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Tras terminar sus estudios de maestría en Letras Modernas ahí mismo en la Facultad de Filosofía y Letras, Margo partió a Francia con su primer esposo, Francisco López Cámara, a hacer su doctorado a La Sorbonne donde se tituló con la tesis «El exotismo francés en México (de 1847 a 1867)». Margo nos cuenta: «cuando me casé con Paco López Cámara nos fuimos a Europa. Estuvimos cinco años allá haciendo el doctorado ambos. Él lo hizo con [Fernand] Braudel, el historiador, y yo lo hice con Charles V. Aubrun, un profesor de siglos de oro que me aconsejó hacer el trabajo que hice sobre viajeros en México [Viajes en México. Crónicas extranjeras]. A partir de ese momento no he parado de viajar.» «Los primeros viajes que hice fueron a Tepoztlán. Luego mi padre me llevó a Veracruz cuando tenía como 13 años. Cuando cumplí 17 mi madre me llevó a Estados Unidos a comprar ropa de fayuca para vender aquí en México. Fuimos a Dallas en autobús y en tren. Recorrimos todo México y eso fue muy importante.»

Fue en los años en Francia que Margo pudo viajar a distintas partes de Europa, de los cuales uno tuvo como destino Estambul, donde estuvimos unos días. Ahí, sin mucho dinero se instalaron Francisco López Cámara y ella en un barrio precario, que Margo pensaba era muy similar a La Lagunilla, donde tras dar la vuelta a una calle se le impuso el Cuerno de Oro, ese puerto natural que une al Mar Muerto con el Mármara. Fue ahí donde «con sus mezquitas, el mar, los barcos. Me senté a contemplarlo y a llorar, porque iba a dejar de verlo.» Es así como recuerda que su finitud se le hizo presente de una forma tan tangible en uno de esos viajes vueltos costumbre que heredaría: «mi padre, viajaba todo el tiempo y lo íbamos a buscar al aeropuerto. Yo tenía la idea de que algún día sería tan viajera como mi padre, de que iba a recorrer el continente. El hecho de mudarse de casa en casa y el que mi padre constantemente llegará del aeropuerto con regalos para nosotros, me sugirió un mundo donde lo itinerante era lo más importante y pienso que la normalidad de la rutina necesita la ruptura del viaje.» Tal itinerancia afectó de manera total su escritura. Cuando escribió Saña en el 2006, Margo había ya hecho dos viajes a la India que la dejaron marcada por completo: su irremediable pobreza, los paisajes que la rodeaban; seis años después tras haber vuelto a la India por una tercera ocasión acompañado de fotografías de Alina López Cámara, la hija que tuvo con su primer esposo, publicó Coronada de moscas: «Creo que una de las cosas que lamento es haber dejado de escribir en periódicos porque me ayudaba muchísimo. Escribí en Unomásuno semanalmente y mucho en Siempre! y en Sábado; escribí en Excélsior, en El Día, un periódico de hace muchísimo tiempo que hace mucho se acabó y a través de esa escritura semanal o quincenal yo podía escribir sobre muchas cosas que me interesaban, pero al mismo tiempo también condensar mis recuerdos de viaje que luego iban a servir para textos posteriores. Era como un diario la escritura de periódicos: en los viajes tomo notas y esas notas pasaban a las páginas de los diarios. Lamento eso. Me arrepiento de haberlo dejado, pero en fin.»

Un año después de casarse con su segundo esposo Luis Schneider, nació su segunda hija Renata. Fue durante esa década que publicó: Onda y escritura, jóvenes de 20 a 33, que bautizó como tal a La Onda, donde por igual se incluía a José Agustín, Gustavo Sainz y Parménides García Saldaña. «Yo empecé a escribir ficción muy tarde. Yo le enseñé mis primeros textos a Yáñez y me dijo que le interesaban, pero que le parecían que eran textos a los que les faltaba hilación, como cuentas sueltas de un collar, y que mientras no lograra hacer un todo con esos fragmentos, no iba yo a poder escribir. Durante mucho tiempo eso me frenó muchísimo». La primera novela de ficción que Margo escribió fueron Las mil y una calorías, novela dietética en el 78, la cual escribió a raíz de que subió de peso en Estados Unidos comiendo galletas Oreo, mientras veía Lo que el viento se llevó, intercalado con publicidad de Coca-Cola: «era un libro justamente con pequeños textos que nadie me quiso publicar y que lo publiqué a cuenta de autor. Se lo llevé a Diez-Canedo y me dijo que no me lo iba a publicar», pues como recuerda Margo, le dijo: «pero, Margo, ¿cómo cree que le puedo publicar esos juguetitos? Si fuera José Gaos la publicaría» y años después ganó el Villaurrutia con Síndrome de Naufragios publicado en la misma editorial, Joaquín Mortiz. Pensaba «que no podía escribir si no tenía un concepto mucho más totalizador de lo que era la escritura, una escritura más tradicional, más aristotélica, causa-efecto, como podía ser una novela que empezaba con algo muy específico, que tuviera medio y final. Como trabajaba siempre con el fragmento de una manera inconsciente, pensé que no podía yo trabajar así la ficción.» Sin embargo, a Las mil y una calorías le siguió Repeticiones, Doscientas ballenas azules, No pronunciarás y La guerra de los hermanos, para culminar con Las genealogías, «un libro en donde la memoria es fundamental. Es una memoria postiza porque es un libro en donde estoy trabajando con la historia de mis progenitores, que llevaron una historia muy diferente a la mía: ellos nacieron en un país muy diferente, en otra lengua, con otra comida, en otro paisaje. Yo los conocía como mis padres, pero no los conocía como seres humanos, cómo habían vivido, cómo habían sentido el exilio, cómo habían sido apropiarse de un territorio que no era el suyo, cómo mi madre que pudo reterritorializarse en México gracias a una relación muy importante con mi padre. Mi padre tuvo una capacidad de organizarse en México a partir de una curiosidad y una gran vitalidad que tenía y le permitía introducirse en contextos muy diferentes al suyo e írselos apropiando. Me di cuenta a través de mi libro que eso había pasado. Eso es muy importante para mí como detonador.»

Por Las genealogías sería premiada con el Magda Donato en 1982. Esa unidad compuesta fragmentariamente a través de la memoria no es de ninguna forma accidental: «yo creo que desde muy jovencita tuve una percepción de la realidad muy particular, muy inconsciente, pero muy constante; y esa percepción se fue afinando a partir de la lectura y la docencia, pero en un sentido —yo pensaba— que era imposible que esa relación con la erudición, con la cultura y la lectura, pudiera funcionar algún día como una escritura personal, dudaba yo mucho que pudiera hacerlo. De repente, como todo en mi vida, fue surgiendo de una manera muy espontánea y cuando me di cuenta ya estaban las cosas escritas. Cada libro me exigía una nueva forma de enfrentamiento con la escritura a pesar de que hay una línea conductora, ciertos cauces: está el problema de la apropiación, del autoplagio, de la reiteración, del coleccionismo, el catálogo, los inventarios. Eso quedó muy claro en mi último libro Por breve herida donde lo hago ya muy conscientemente: hay ya una conciencia muy clara de cómo quiero organizar una textualidad, en dónde yo misma me pregunto de esa textualidad dentro de la textualidad.» Fue en el fragmento donde el cuerpo pudo por fin tensarse a través de la memoria: «Traté de ver a través de mi propio cuerpo. Empezaba a indagar sobre el cuerpo y comencé a trabajar literatura. El cuerpo siempre fue algo fundamental para mí desde muy niña: observar mi cuerpo, ver mi perfil, detestarlo, tratar de entender por qué tenía una nariz tan fea. Desde muy niña veía yo que en literatura el cuerpo femenino era un elemento fundamental, el sujeto del texto aunque era tratado como objeto del texto, entonces ver cómo se trabajaba el texto al cuerpo de las mujeres y el cuerpo en general fue una de las obsesiones primeras mías que luego lo trabajé enormemente en mis clases: Bandidos del Río Frío, Sor Juana, en todo lo que he escrito de Literatura Comparada, Thomas Mann, Poe, Elizondo, Tenesse Williams —mi tesis de maestría—; el cuerpo en los viajeros: cómo veían los viajeros los cuerpos de las mexicanas, cómo ve Payno a los léperos. Todo eso para mí era fundamental. Trabajaba de una manera muy especial, el análisis de textos, la mirada sobre los textos. Creo que fui muy buena maestra y que les enseñé a mis alumnos a tener una gran pasión por la literatura. Acuérdese que yo ya tengo 87 años. Ya puedo decir que soy buena, antes me daba vergüenza, pero ahora no me importa.»

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El año pasado Margo fue reconocida en la UNAM con la medalla por 55 años de trayectoria docente. Y de entre el trabajo crítico que antecedió a su trabajo de ficción donde el cuerpo era una arista esencial, Sor Juana tuvo un papel preponderante: «en Por breve herida hay una reiteración en mi modo de trabajar que es una mirada que va de lo alto a lo bajo sin transición, que también he trabajado muchísimo en Sor Juana. En sus villancicos la Virgen María va y viene, sube y baja, da algunas caídas estrepitosas y ascensos estrepitosos. Es muy interesante cómo Sor Juana trabaja ese vaivén entre lo alto y lo bajo que para mí es tan importante, entre la alta cultura y la baja cultura, pasando entre los salones de belleza, una pasta de dientes, una crema, y la relación entre un peinado de un salón de belleza y la muerte, cómo en el momento que un personaje va a ir a la guillotina le peinan el cabello y le rasuran la nuca, y como cuando uno va al salón de belleza y se corta el cabello muy corto, el peluquero le rasura también la nuca, la relación entre la vida y la muerte, entre la belleza y la podredumbre, todo eso a mí me interesa enormemente.» «Cuando trabajé el tema de la Malinche y que me puse a trabajar escritoras mexicanas, yo encontré un malinchismo al revés, en Elena Garro, Elena Poniatowska, Rosario Castellanos. Parodié «Los hijos de la Malinche» de Paz. Dije «hay unas hijas de la Malinche también, que actúan de manera muy diferente a como Paz trató de definir la realidad mexicana en El laberinto de la soledad que me sirvió para criticarlo y encontrar una relación importante con ciertas escritoras que eran como malinches femeninas con un sentido culposo, sobre todo Elena Garro en La culpa de los tlaxcaltecas y Elena Poniatowska su culpa de ser princesa, rubia y de ser de ojos azules, la pretensión de darle voz a quienes no la tienen; o Rosario Castellanos en Balún Canán que desarrolla una relación culposa muy importante con las nanas que la educaron.» Y en cuanto a Nellie Campobello agrega en otro sentido «una de las escritoras más extraordinarias que se han dado, no sólo en México. Es capaz de sintetizar en una página con los ojos de una niña de diez años durante la revolución mexicana y pudo reproducir esos sentimientos con una gran maestría ya de adulta: la guerra como un juego a la vez lúdico y sangriento, valga la redundancia.» Y no puedo evitar aquí pensar que Margo se refiere inconscientemente a sí misma respecto a sus temas y su tiempo. La mirada de Margo ha sido caleidoscópica. «Mi papá me llevaba a oír conciertos a la sinfónica de Bellas Artes; estaba cuando en la sinfónica que dirigía Carlos Chávez y cuando era yo muy joven había muchísimos visitantes extranjeros, pianistas, mucha opera, mucho teatro del extranjero, teatro en México. Cuando empecé a ganar dinero la primera cosa que hice fue comprar un tocadiscos de 78 revoluciones y la Pequeña serenata nocturna de Mozart, luego compré Beethoven. Tocaba piano, toqué mucho tiempo, ahora ya no sé, pero era muy importante. Siempre me interesó la pintura, el cine, el teatro, la música, desde muy niña. Y todo eso tenía que encontrar un cauce» y Margo lo fue buscando al entremezclar las distintas manifestaciones del arte en este cruce de múltiples obsesiones. «Ve usted que siempre trabajo con música y como Por breve herida, era como un leit motiv poner que estoy escuchando música; además de que es un hecho decir qué escucho música siempre que estoy escribiendo, pero al mismo tiempo me fascina y me sirve como una especie hilvane textual.» Cuando Nora García aparece en Zona de derrumbe como una suerte de alter ego de Margo directa de las hojas de sus diarios, su búsqueda literaria habría de llegar a un momento muy importante que tendría en El rastro una de sus cúspides. Ahí la historia de la chelista se va hilando de manera similar a las «Variaciones Goldberg» de Bach. Esta última le valdría ser finalista del XIX Premio Herralde de novela y el Premio Sor Juana Inés de la Cruz.

«Ya en Saña aparece muchísimo la figura de Bacon que fue un pintor que siempre me impresionó cuando vi sus pinturas en Inglaterra. Yo fui agregada cultural de México en Londres, ciudad maravillosa para oír música, ver museos y obviamente por la vida cotidiana. Pero hubo una exposición de arte británico en la Royal Academy y dos pintores me llamaron especialmente la atención: Stanley Spencer y Francis Bacon, también Lucien Freud . Cuando traté de explicar lo que era el horror recurrí a la pintura de Bacon, a partir de Saña que en cierto modo es un libro sobre el horror, la mutilación, la intemperie, el Holocausto, la violencia, en fin la saña como tal, Bacon me pareció un personaje fundamental, pero cuando comencé a escribir Por breve herida pensé que muchas de las cosas que había puesto en Saña eran determinantes para mi libro, porque nadie había utilizado los dientes históricamente como los utilizó Bacon, a nadie le había interesado tanto el grito humano como a él. Tiene que ser un personaje de mi novela, no podía ser otra cosa.» La estructura para Margo Glantz es fundamental. Es condición necesaria para que el lenguaje vaya encontrando su propio cauce, es decir, desde Genealogías hasta Por breve herida, el fragmento se nos muestra como la unidad mínima y esencial a partir de la cual se estructuran sus obsesiones. Sin embargo «cada libro va apropiándose de manera más específica de ese tipo de temas.»

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En Yo también me acuerdo, el mismo título del libro reiteraba el uso de la anáfora, libro en que coleccionan recuerdos de otra manera que en otros de sus libros. Parece ser que los vasos comunicantes de sus obras son una constante reapropiación de sí misma. «A mí me pasa lo contrario que a [Georges] Perec. Él trabajaba con la constricción. Se fijaba reglas muy estrictas y al mismo tiempo logró una libertad impresionante respetando esas reglas: hacía crucigramas —como Levrero— que exigen una precisión mental muy particular; todo lo que hacía Perec estaba muy definido por constricciones de la lenguaque él mismo se fijaba. Trabajaba la lengua como la trabajaría un ortopedista, poniéndole prótesis, siguiendo los preceptos del OULIPO. Yo nunca me he fijado reglas: han sido interiores, espontáneas que he ido descifrando a través de mi escritura, no previas a mi escritura y en ese sentido, me fascina Perec. Creo que el único libro que he trabajado la construcción de una manera muy específica es Yo también me acuerdo y es por seguir a Perec y en los demás me he soltado y sin embargo van creando su propia estructura. Es una que al mismo tiempo me constriñe, pero no me doy cuenta hasta que voy escribiendo.» Y aunque Margo no se fija reglas, acepta el innegable principio de que en literatura el orden de los factores altera totalmente el producto.

Cuando la Primavera Árabe sacudió al mundo, Margo adaptó la brevedad de su escritura a los 140 caracteres de Twitter a raíz de su interés en la rápida difusión informativa de las protestas en esa plataforma digital: «cuando me pidieron que escribiera Yo también me acuerdo, inmediatamente tomé un libro que hacía mucho tiempo había leído Je me souviens, de Perec; creo que Yo también me acuerdo estaba ya presente antes, en mi escritura, tanto mía como aquellos a los que fundamentalmente les rindo homenaje, Joe Brainard y Perec; creo que en cierta manera ese tipo de escritura ya aparecía en las Mil y una calorías. Perec y Brainard habían sido precursores del Twitter y el Twitter me ayudó a concretar eso que para mí era ya muy importante: la posibilidad de trabajar el fragmento y de lograr decir en pocos caracteres algo que podía ser importante o muy banal y también esa relación para mí casi impalpable entre lo más terrible, lo más importante, lo más épico, ético, lo más universal y filosófico y lo más banal, que es la gran cultura, la alta cultura, la baja cultura, los acontecimientos más terribles del Holocausto, junto a la vanidad de un salón de belleza, que exploro también en La caballera andante».

Ahora, además, ha incursionado en Facebook «porque es otra manera de escribir muy diferente, pero me permite escribir diario aunque escriba tonterías; es como una disciplina escribir sobre las cosas más diversas que se me van ocurriendo y que van sucediendo en lo exterior o en lo interior y que me permiten como centrarme, necesito sacarlas.» Y aunque a Margo no le gustan los epitafios, reconoce en Por breve herida una especie de epitafio literario y, sin embargo, «no creo que sea mi último libro. Estoy escribiendo ya otros dos que creo se mantienen ciertas obsesiones, pero la estructura es completamente diferente. Estoy haciendo un libro de viajes. Es un libro que tengo escrito hace muchísimo tiempo: mi experiencia como viajera, que es uno de los aspectos de mi acontecer mi vital y también mi vida como lectora; y luego aparte estoy trabajando un texto que tiene que ver con mi experiencia con las redes sociales, son frases muy cortas que trabajé en un momento dado en Facebook.» Al tiempo hay que verlo con cuidado, nos dice Margo. Una sobreviviente. «Ya mero cumplo noventa oiga.» No podemos evitar traer a colación la reciente muerte de Ricardo Piglia, un buen amigo suyo: «estuve con él en Princeton y lo vi varias veces. Lo veía cuando estaba en Buenos Aires. Desde que se enfermó ya no lo vi. Tenía como dos años enfermo. No hablaba: con los ojos miraba las letras. Murió de un infarto; ya era terrible su vida. Tenía 75.» Cuando el padre de Margo murió un dos de enero, tenía setenta y nueve, ocho menos de los que ahora tiene ella, la segunda de sus hijas; de su madre recuerda «murió con la dignidad, la finura, la paciencia, el sentido del humor que la habían caracterizado siempre» Tenía 95. «Se muere la gente. Ya me toca pronto a mí. Cada que se muere alguien más o menos de mi edad, digo “ya estoy en la lista”. No me gustan las listas, pero ni modo» «Me acuerdo cuando en 2001 fui a Buenos Aires y acababa de pasar el corralito, fue el momento más terrible de bancarrota de Argentina, la creatividad artística que se dio con él: las cosas que se hicieron con poco dinero, hasta no sólo culturalmente sino alimentariamente, había intercambio, trueque, cosas muy creativas, se hizo una industria nacional que había sido destruida por la dictadura y por Menem, que será ahora destruida por Macri.» Ese episodio no puede sino hacerle pensar en la actual crisis económica y sociopolítica del país: «Yo crecí con un México que iba adelante, luego Alemán y López Mateos hicieron cosas horribles, pero creo que el que más fue Díaz Ordaz con el 68 y Echeverría con el auge del petróleo y el mal uso que se hizo de él, luego López Portillo y así sucesivamente nos fueron enajenando. Cuando yo era joven México era un país que tenía perspectivas extraordinarias» Sin embargo, el mundo es otro. Margo recuerda que cuando sucedió el bombardeo en Bahía de Cochinos, ella estaba en Cuba con Arreola y muchos otros escritores e intelectuales mexicanos: «Métete debajo del escritorio Margo, que tú eres una mujer fuerte”» le dijo el autor de «El guardagujas». «Muy divertido, muy simpático» lo recuerda.

Fidel Castro murió tan sólo unas semanas antes de que Trump tomará el poder. «Un amigo mío que acaba de regresar de Estados Unidos me contó que el avión en que venía, regresó [Luis] Videgaray. Nadie lo vio subir, pero lo vieron al bajar. Acababa de ser nombrado Secretario de Relaciones Exteriores y qué casualidad que haya ido a Nueva York a la Trump Tower. Creo que puede haber una resistencia, sin embargo, México está en un peligro terrible, no sólo por Trump sino por cómo lo han gobernado. Una cosa terrible la que está pasando en el mundo y América Latina. A mí me da pena por mis nietos y por ustedes, pero en fin creo que se puede hacer algo a partir del horror.» Es mediodía cuando subo por el caracol que da al enorme estudio atiborrado de primeras ediciones, libros raros heredados por su padre: el amuleto que durante una época fue para ella la literatura de Borges, Julio Verne, Thomas Mann, Markson: un etcétera interminable. Desde que piso los escalones rechinantes de madera alcanzo a escuchar: “París/ era oscura y cantaba su tango feliz/ sin saber, pobrecita/ que el viejo París/ se alimenta con el breve/ fin brutal de la magnolia/ entre la nieve/Después/otra vez Buenos Aires/ y Margo otra vez/ sin canción y sin fe”. Ahí sentada sobre la silla donde teclea a contrarreloj desde poco antes de las diez de la mañana mira por la ventana libar a algún colibrí. Interrumpirá hoy como siempre su escritura a las tres de la tarde para comer. Revisamos currículos breves y otros más largos, unos para la academia y otros para publicaciones literarias extranjeras. Las begonias rosas, amarillas y anaranjadas se dejan ver por la enorme ventana enfrente de su escritorio lleno de papeles. Me pregunto si por uno de los estantes de los libreros graduados por los colores de los breviarios del Fondo deambula “Monsi”. Por curiosidad me asomo al reverso del disco. Dice: “Margo”, Letra: Homero Expósito y Música: Armando Pontier. No puede voltear mientras tomo notas, pues su cuello le lastima y por un instante atisbo el perfil griego del que hablaba mientras se queja repetidamente de los baches de hoyoacán donde, seguramente, cualquier día se apagarán las luces.

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Fotos: Miguel Ángel Morales


*Esta entrevista fue publicada orginalmente en Crash

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